{"id":237,"date":"2010-02-17T08:00:00","date_gmt":"2010-02-17T08:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/oscarbribian.com\/?p=237"},"modified":"2010-02-17T08:00:00","modified_gmt":"2010-02-17T08:00:00","slug":"el-cuervo","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/oscarbribian.com\/?p=237","title":{"rendered":"El cuervo"},"content":{"rendered":"<div align=\"justify\">Extracto del octavo relato del libro \u00abMentes perversas\u00bb publicado por Mira Editores:<\/p>\n<p>\u00abA Hugo Clarillas le fascinaban los c\u00f3mics. Sub\u00eda al autob\u00fas cargado de bolsas transparentes, desde las que se adivinaban decenas de t\u00edtulos de lo m\u00e1s atractivos: El vengador de fuego, La espada maldita, El hombre cuervo, Asesinos sin rostro\u2026 Cuando lograba sentarse introduc\u00eda sus manos nerviosas en la bolsa y seleccionaba un ejemplar todav\u00eda virgen. Rasgaba con dulzura el himen de pl\u00e1stico antes de leer las primeras p\u00e1ginas y contemplar las vi\u00f1etas iniciales a todo color. Entonces echaba la cabeza hacia atr\u00e1s unos segundos y se relajaba para perpetuar los dibujos en su memoria. Ten\u00eda > y su t\u00edo, que era un chistoso, dec\u00eda que ese invierno Hugo perder\u00eda sus \u00faltimos pelos de tonto. Sin embargo, el devorador de c\u00f3mics contemplaba las reci\u00e9n adquiridas joyas impresas con la mirada inquieta e imberbe, semejante a la de un ni\u00f1o de ochenta kilos al que Saturno hab\u00eda despreciado. Ten\u00eda el pelo introvertido alrededor de una calva desprotegida, como un cerro en el claro de un bosque negro.<br \/>\n<br \/>Pese a su edad continuaba imaginando mundos fant\u00e1sticos, donde viajaba convertido en cualquiera de sus h\u00e9roes favoritos, con el traje azul, negro, rojo o p\u00farpura ce\u00f1ido al cuerpo morcill\u00f3n, volando como un cochinillo con alas.<br \/>\n<br \/>Su lectura se vio interrumpida con el frenazo de rigor que anunciaba la parada cercana a su casa. All\u00ed se ape\u00f3 junto a un reba\u00f1o de ancianos, y todos se precipitaron calle abajo, como un r\u00edo desbordado en primavera hasta los confines del casco viejo de su ciudad. All\u00ed, Hugo Clarillas pagaba el alquiler de un piso que no se ven\u00eda abajo porque quiz\u00e1s la atm\u00f3sfera hab\u00eda hecho una excepci\u00f3n. Era una estructura arcaica en cuyas paredes apergaminadas B\u00e9cquer podr\u00eda haber escrito sus cartas amorosas durante la adolescencia. Las ventanas de algunos pisos deshabitados hab\u00edan sido cegadas y el portal ten\u00eda un armaz\u00f3n de hierro oxidado como el de los buques hundidos en Pearl Harbour. Sin duda era el lugar id\u00f3neo para un soltero que no desea escuchar las cr\u00edticas de sus vecinos. El \u00fanico habitante de la casa adem\u00e1s de Hugo era una anciana llamada Clara, la cual estaba medio sorda y \u00e9l disfrutaba con preguntarle por Heidi cada vez que se topaba con ella en el rellano.\u00bb<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Extracto del octavo relato del libro \u00abMentes perversas\u00bb publicado por Mira Editores: \u00abA Hugo Clarillas le fascinaban los c\u00f3mics. 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