{"id":264,"date":"2009-12-18T18:21:00","date_gmt":"2009-12-18T18:21:00","guid":{"rendered":"http:\/\/oscarbribian.com\/?p=264"},"modified":"2009-12-18T18:21:00","modified_gmt":"2009-12-18T18:21:00","slug":"condenados","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/oscarbribian.com\/?p=264","title":{"rendered":"Condenados"},"content":{"rendered":"<div align=\"justify\">Extracto del sexto relato que compone el libro \u00abMentes perversas\u00bb, publicado por Mira Editores:<\/p>\n<p>\u00abTardamos dos d\u00edas en encontrar el camino. Hasta entonces hab\u00edamos venido los dos solos, mi amigo Juan y yo, desorientados y sedientos, pero desde all\u00ed comenzamos a juntarnos con otros viajeros errantes que sal\u00edan de todas partes y desembocaban como nosotros en aquella carretera ancha de tierra y polvo. No sab\u00edamos qu\u00e9 hac\u00edamos all\u00ed y nadie respond\u00eda a nuestras preguntas. Todos hablaban para s\u00ed mismos, pero ninguno quer\u00eda comunicarse con los dem\u00e1s. Yo ten\u00eda un brazo roto que no me dol\u00eda, y Juan cojeaba de una pierna y mostraba toda la cara cortada como a machetazos, pero no sangraba. Todo era extra\u00f1o.<br \/>Despu\u00e9s de muchos d\u00edas de caminar sin encontrar ni una sola sombra de \u00e1rbol seco, ni una planta, ni una ra\u00edz o un brote de mala hierba, o\u00edmos el ladrar de los perros. Hasta entonces nos hab\u00edamos convencido de que aquel camino, que atravesaba un pedregoso desierto de llanuras rajadas de grietas y salpicadas por cerros pelados, verdaderamente no ten\u00eda fin y no albergaba poblaci\u00f3n alguna. Pero s\u00ed la hab\u00eda. El ladrido de los canes se o\u00eda desde lo alto de una ladera que se elevaba a un lado del camino y, al escuchar a los perros entendimos que m\u00e1s all\u00e1, salvando la pendiente, encontrar\u00edamos quiz\u00e1s un pueblo. As\u00ed que los que \u00e9ramos m\u00e1s j\u00f3venes, desoyendo los consejos de los ancianos, comenzamos a ascender la loma alej\u00e1ndonos del camino, con la esperanza de encontrar hogare\u00f1os amistosos que nos orientaran y ofrecieran un buen plato de comida. Ya so\u00f1\u00e1bamos con las jarras de agua fresca y la espumosa cerveza cuando coronamos la cima y nos encontramos con dos \u00fanicos cobertizos semiabandonados, con la madera corro\u00edda y los portones cerrados, y m\u00e1s all\u00e1 una cerca de espino y alambre donde viv\u00edan encerradas las jaur\u00edas que hab\u00edamos escuchado. Llamamos a la puerta de uno de los cobertizos, con la esperanza de encontrar alg\u00fan habitante, el cuidador de los perros tal vez. Al instante nos atendi\u00f3 un hombrecillo, abriendo la puerta con un lento chirrido y mir\u00e1ndonos desde su altura con hosquedad. Era un individuo canijo y encorvado, con la piel tostada por el sol del desierto y el rostro cubierto de for\u00fanculos ponzo\u00f1osos, verrugas y sangre seca. El hedor que desprend\u00eda provocaba v\u00e9rtigo a los sentidos. En cuanto trat\u00e9 de presentarme, el hombrecillo se gir\u00f3 sobre s\u00ed mismo y grit\u00f3 algo en su lengua, una lengua p\u00e9rfida y viperina, tr\u00e1nsito entre el ladrido de un perro y el siseo de una serpiente. Y de esta forma nos vimos perseguidos por un grupo de hombrecillos que salieron furiosos del cobertizo, armados con arcos y lanzas. Nos siguieron y huimos de vuelta hacia el camino. A Juan lo&#8230;\u00bb<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Extracto del sexto relato que compone el libro \u00abMentes perversas\u00bb, publicado por Mira Editores: \u00abTardamos dos d\u00edas en encontrar el camino. 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