Lágrimas de sangre

Extracto del undécimo relato del libro “Mentes perversas” publicado por Mira Editores:

“Mi marido siempre fue uno de esos hombres enfrentados consigo mismos. Jamás se hacen a la realidad de ser adultos. Prefieren caminar cabizbajos por la calle, con la condena de muchos mal llevados años achacándoles las espaldas, y llegan a sus casas apoltronándose en el sofá o se quedan varados en los bares como ballenas melancólicas, arrepintiéndose de lo que no hicieron en la vida, buscando una excusa que les haga entender la razón del paso del tiempo, por qué éste se ha vengado de ellos, de su cobardía, de su indeterminación en la vida, y los ha dejado sin nada, sin algo por lo que sentirse orgullosos de sí mismos.
Algunos de estos hombres pueden ser peligrosos. Unos se vuelven agresivos y tratan de encontrar jarana en los bares con los demás comensales, otros dilapidan el dinero en máquinas tragaperras y demás vicios que les hacen olvidar efímeramente sus responsabilidades familiares. Son niños enrabietados después de haber perdido la batalla de la vida. Todos ellos quisieron alcanzar la madurez muy pronto, perdiéndose la mejor parte de la película.
La juventud es sin duda la mejor época del ser humano, pero ha de finalizar para que nos demos cuenta de lo valiosa e irrepetible que es, de lo poco que la hemos exprimido. Lo justo sería guardarse unos diez años de juventud para aprovecharlos al finalizar la vejez, ésa sería la mejor de las pensiones: cumplir los setenta años, con toda la experiencia de la vida en nuestras retinas y recuerdos, y volver a ser joven por una década para aprovechar los momentos perdidos, las oportunidades desperdiciadas, los amores resignados, los besos y caricias anheladas, las lecturas y aprendizajes nunca cursados, los viajes olvidados debido a la falta de dinero en la adolescencia, las aficiones abandonadas.
Probablemente no volvería a casarme con mi marido si nos dieran la oportunidad de ser jóvenes nuevamente, no cometería el mismo error dos veces, aunque a menudo me da la sensación de que si los hombres son el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, las mujeres somos las únicas que tropezamos cien veces con el mismo hombre, o, por lo menos, las mujeres de mi edad, porque hay que reconocer que las jóvenes de hoy en día suelen tener bien puestos los… atributos. Ése ha sido el gran logro de las mujeres de mi época, haber inculcado a nuestras hijas que somos iguales a ellos y tenemos sus mismos derechos. Antes no era así. Antes las mujeres esperábamos al hombre ideal de nuestra vida, pero, mientras tanto, nos casábamos con el primero que nos decía cuatro tonterías y tenía un empleo asegurado. ¿Quién me mandaría a mí casarme con semejante personaje?”

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