Condenados

Extracto del sexto relato que compone el libro «Mentes perversas», publicado por Mira Editores:

«Tardamos dos días en encontrar el camino. Hasta entonces habíamos venido los dos solos, mi amigo Juan y yo, desorientados y sedientos, pero desde allí comenzamos a juntarnos con otros viajeros errantes que salían de todas partes y desembocaban como nosotros en aquella carretera ancha de tierra y polvo. No sabíamos qué hacíamos allí y nadie respondía a nuestras preguntas. Todos hablaban para sí mismos, pero ninguno quería comunicarse con los demás. Yo tenía un brazo roto que no me dolía, y Juan cojeaba de una pierna y mostraba toda la cara cortada como a machetazos, pero no sangraba. Todo era extraño.
Después de muchos días de caminar sin encontrar ni una sola sombra de árbol seco, ni una planta, ni una raíz o un brote de mala hierba, oímos el ladrar de los perros. Hasta entonces nos habíamos convencido de que aquel camino, que atravesaba un pedregoso desierto de llanuras rajadas de grietas y salpicadas por cerros pelados, verdaderamente no tenía fin y no albergaba población alguna. Pero sí la había. El ladrido de los canes se oía desde lo alto de una ladera que se elevaba a un lado del camino y, al escuchar a los perros entendimos que más allá, salvando la pendiente, encontraríamos quizás un pueblo. Así que los que éramos más jóvenes, desoyendo los consejos de los ancianos, comenzamos a ascender la loma alejándonos del camino, con la esperanza de encontrar hogareños amistosos que nos orientaran y ofrecieran un buen plato de comida. Ya soñábamos con las jarras de agua fresca y la espumosa cerveza cuando coronamos la cima y nos encontramos con dos únicos cobertizos semiabandonados, con la madera corroída y los portones cerrados, y más allá una cerca de espino y alambre donde vivían encerradas las jaurías que habíamos escuchado. Llamamos a la puerta de uno de los cobertizos, con la esperanza de encontrar algún habitante, el cuidador de los perros tal vez. Al instante nos atendió un hombrecillo, abriendo la puerta con un lento chirrido y mirándonos desde su altura con hosquedad. Era un individuo canijo y encorvado, con la piel tostada por el sol del desierto y el rostro cubierto de forúnculos ponzoñosos, verrugas y sangre seca. El hedor que desprendía provocaba vértigo a los sentidos. En cuanto traté de presentarme, el hombrecillo se giró sobre sí mismo y gritó algo en su lengua, una lengua pérfida y viperina, tránsito entre el ladrido de un perro y el siseo de una serpiente. Y de esta forma nos vimos perseguidos por un grupo de hombrecillos que salieron furiosos del cobertizo, armados con arcos y lanzas. Nos siguieron y huimos de vuelta hacia el camino. A Juan lo…»

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