Ya no nos quieren

Extracto del cuarto relato del libro «Mentes perversas» publicado por Mira editores recientemente:

«Cuando la señora Lozano le dijo a la policía que su hijo Carlitos era sonámbulo, los inspectores que llevaban el caso comprendieron mejor la desaparición del chico de seis años. No había huellas que delataran la intrusión de extraños en la casa, ni cerraduras forzadas o cristales rotos. Sencillamente, la puerta principal estaba abierta cuando Alberto, el padre, bajó al primer piso y sospechó que algo marchaba mal. Al principio pensó que alguien había entrado con hábil subterfugio en la casa. Muy decidido fue a la cocina para apropiarse de un cuchillo y el sólido martillo que descansaba en la caja de herramientas bajo la encimera. Alberto recorrió cada una de las habitaciones y pasillos de la casa, descalzo y en completo silencio, y sólo cuando comprobó que su hijo no dormía en su cama, comprendió que no habían sufrido ningún robo. Se trataba de algo más grave.
Pese a todo, los policías quisieron asegurarse de que no era un secuestro. En los primeros rastreos sólo se habían encontrado restos de tierra en el parqué, procedentes de las huellas que los perros dejaban en las alfombras al entrar desde el jardín, así como el rastro de las botas pequeñas que los dos hijos de los Lozano utilizaban para ir al colegio los días de lluvia.
Se trataba de una bonita casa de dos plantas con un jardín de sesenta metros cuadrados. En un extremo había un columpio junto a un gran limonero y, en el otro, una caseta de madera para dos perros. Las paredes exteriores del hogar de los Lozano eran blancas, aunque una antigua trastada de críos dejaba entrever una mancha de kétchup en forma de zeta borrada parcialmente tras mucho frotar. Todas las habitaciones tenían grandes ventanas con marcos grises, para que la luz matinal iluminara los amplios espacios. En el sótano había una bodega cubierta con listones de madera de nogal y un aparcamiento doble de garaje. Los policías murmuraban entre sí. Una casa preciosa, el sueño de cualquier familia modesta.
—No es la primera vez que ocurre, agente, ya se lo hemos dicho —insistió Claudia Lozano visiblemente alterada—. El caso es que nunca había salido más allá del jardín. Pero esta vez debió de saltar la valla y… oh, Dios, ¡pueden haberlo atropellado!»

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