La maldición de Golightly

Extracto del séptimo relato del libro «Mentes perversas» publicado por Mira editores:

«A Felipe Casadiel le hundieron el chasis delantero del cráneo de un puñetazo, o cayó de cabeza en el suelo impoluto del hospital cuando lo alumbraron, o su hermana lo atropelló con la bicicleta cuando eran niños, pasándole la rueda por encima de la cara, o qué sé yo. El caso es que Felipe era un muchacho retraído y taciturno, muy vulnerable a toda la barahúnda de conjeturas que sus compañeros de clase ideaban para explicar su deformidad física. Tenía la cara achatada como la de un murciélago, las orejas de coliflor, como los boxeadores veteranos, y una mirada imberbe agrandada tras el reflejo de los gruesos cristales graduados. Pero lo peor de todo era que su hermana pequeña resultó ser una chica hermosa como pocas en el pueblo.
Violeta, que así se llamaba, era tan bonita como las flores que le dieron el nombre. En su familia quedaba claro quién había heredado las facciones de la abuela Clara, mujer con un claro estilo Holly Golightly, quien enamoró a varios de los jóvenes más apuestos del país antes de su fatal accidente de coche. Felipe, en cambio, resultaba la excepción en una familia bien parecida. No en vano, encima del punto de honor del escudo de armas de la villa, aparecía el rostro del abuelo Casadiel como ejemplo de gallardía.
De esta manera, el hermano mayor tenía que soportar a diario un sinfín de ofensas. Sus padres le dedicaban a la pequeña todo tipo de agasajos y atenciones, comprándole la ropa más delicada que encontraban en las tiendas, mientras que a Felipe siempre le vistieron con camisas y pantalones remendados. La pequeña Violeta tenía los ojos claros como dos aceitunas verdes, era delgada y su pelo rubio ensortijado le caía sobre los hombros como una mantilla de oro. Los vecinos paraban a su madre por la calle para decirle lo mucho que valoraban la belleza de su hija, subestimando siempre la presencia del hermano mayor. Incluso una vez, el Ayuntamiento promovió un calendario con fines benéficos y fue Violeta quien protagonizó la portada con un vestido azul. Felipe, por supuesto, no figuró ni tan siquiera con su nombre, no fuera a provocar que los vecinos rasgaran la página del mes donde apareciese. Hasta Gervasio, el gato atigrado de doña Concha, tía y vecina de la familia, mostraba un dispar comportamiento ante cada uno de los hermanos. Mientras con Violeta era cariñoso y maullaba inocentemente buscando el tacto de sus delicados tobillos, la sola presencia del hermano mayor le hacía arquear el lomo electrizado y enseñar las fauces. »

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