En el zulo

Extracto del décimo relato que compone el libro “Mentes perversas” publicado por Mira Editores:

“Cuando Gregorio Sánchez despertó aquella mañana después del incidente, se encontró sobre su lecho convertido en una bestia encerrada. Estaba tumbado sobre una tabla dura acolchada con paja y, al levantar un poco la cabeza, vio su vientre abombado y peludo asomar bajo la camisa azul celeste de Renoir que llevaba puesta. Sus pies sobresalían un palmo de la cama y rozaban con la escabrosa pared que tenía enfrente. “¿Qué me ha ocurrido?”, pensó. No era un sueño, más bien una pesadilla. Las paredes de la habitación donde se encontraba apenas superaban en longitud su propia estatura y la bombilla de cuarenta vatios que iluminaba el reducido cubículo pendía a metro y medio de altura. Por el carácter pedregoso de los muros intuyó que la habitación se había construido bajo tierra, y cuando se levantó comprobó que el techo sólo era unos centímetros más alto que él. Suerte que Gregorio era bajito.
Cuando intentó levantarse, sintió una punzada de dolor insoportable en el costado izquierdo. Optó por sentarse de nuevo sobre el jergón de paja, adoptando la posición en la que había dormido varias horas. Se palpó un poco con la mano y comprobó que sólo era una contusión. Tal vez debió de recibir un golpe mientras le capturaban. Intentó recordar cómo había sucedido todo, pero el secuestro había sido demasiado rápido. Estaba entretenido mirando el periódico cuando alguien entró en el asiento del copiloto de su Seat Toledo y le puso un pañuelo sobre la boca, haciéndolo desfallecer al instante. Probablemente, cloroformo o algo parecido. Lo había visto mucho en las películas, aunque siempre había pensado que la víctima tenía tiempo de sobras para desembarazarse.
Miró todo a su alrededor, rastreando el suelo. Justo al lado de su jergón le habían dejado un reloj despertador y el mismo periódico que estaba leyendo antes del incidente. Nada más excepto una olla grande, sin fondo, colocada en una esquina a modo de retrete, y un par de rollos de papel junto a ella. Ni siquiera había un interruptor para la bombilla. Debía de estar al otro lado de la puerta, cuyo color negruzco apenas se distinguía de las paredes.
Repasó todo lo sucedido aquel día para determinar cómo había llegado a esa situación. ¿Por qué coño lo habían secuestrado? Nunca había recibido una carta de aviso, ni siquiera había tenido problemas con nadie. No era empresario, ni deportista de élite, ni nada que tuviera que ver con la gente adinerada. ¿Por qué lo habían secuestrado, entonces? ¿Una equivocación? ¿Divertimento?
Miró el reloj. Las nueve y media de la mañana. Lo habían secuestrado sobre las dos del mediodía, cuando él esperaba para recoger a su hijo Juan a la salida del colegio, de manera que era muy difícil que hubiese estado dormido tantas horas. Sus captores debían haber cambiado la hora a propósito para confundirlo. Hijos de puta. ¿Qué más le daba a él si era de día o de noche?”

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